Les voy a contar del día más importante de la vida de mis papas: el día que nací yo.
Era un caluroso 3 de enero y podía sentir como mi mama y mi papa estaban a bordo de una montaña rusa de emociones: ansiedad, alegría y muchas expectativas de que por fin, después de unos largos nueve meses de espiarme a través de ecografías y ultrasonidos iban a poder ver mi carita y sentir mi piel.
Después de mucho (pero mucho!) trabajo, llego el ansiado momento: eran las 14 horas de un soleado martes de Enero.
Mis Papas desbordaban de felicidad y mi abuela intentaba retratar cada segundo con su cámara de fotos. Mi abuelo me sostuvo entre sus manos y reía y lloraba de emoción al ver lo pequeña y frágil que era.
Pasada la emoción inicial, mi familia tenía mucha curiosidad de ver mis ojitos, porque aun no los había abierto.
Y no lo hice!! El sol de la tarde era muy fuerte y decidí mantenerlos a todos con la intriga.
Llego la noche y por fin se escondió el sol y se apagaron las luces.
Mama me tenía entre sus brazos y decidí que ya era hora de presentarme.
Abrí los ojos de golpe y la mire fijamente por unos segundos, ella emocionada me dijo hola Renata, soy tu mama, y yo hice la mejor mueca que pude y le devolví el saludo.
Y ese fue el momento más feliz de la vida de mi mama, le di el privilegio de descubrir que teníamos los mismos ojos.
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